AFUERA LLUEVEN COLORES
Afuera llueve. El amplio ventanal ratifica mi afirmación. La paleta que traza el cielo es gris. En el horizonte, las pinceladas tienen un matiz oscuro que presagia más lluvias. Desplazo una de sus hojas y el aire húmedo que se convirtió en brisa, envuelve el entorno. El jardín se expone con su mullida alfombra mojada. Se mecen las copas y el péndulo se abanica. El verde es profundo en los pinos y preserva matices con el roble y el nogal. En la esquina más alejada, el jazmín blanco. Más allá, las tejas rojas de la casa vecina y el cemento del sendero se vuelve más oscuro confundiendo el cielo con la tierra y el infierno.
Procuro un café. La trompeta se sacude, mientras la batería barre el platillo y el piano amortigua el Blue jazz. La voz grave rebela tabaco y alcohol. Imagino el cobre de los vientos, las teclas blancas y negras del piano y el largo vestido azul de cola, abierto en la espalda. Me refugio en la lectura que un libro de tapas violetas esconde. Mis manos guardan la calidez de la taza que, en éste preciso momento, deposito en el suelo de baldosas ocres, al pié del sillón caoba.
A veces percibo que afuera llueven colores
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